DOS DÍAS EN Nueva York: MI RUTA BAJO CERO

Capítulo 1 de mi ruta de 13 días desde Nueva York hasta el Este de Canadá. Puedes ver el itinerario completo AQUÍ.

Empezar un viaje a -10 grados suena a locura, pero si la excusa es La Gran Manzana, ¡todo se perdona!.

Nueva York ha sido la primera parada de nuestra ruta de 13 días por Nueva York y Canadá y, aunque ya habíamos hecho una pequeña incursión anterior en la ciudad, Nueva York siempre tiene una forma nueva de dejarte sin aliento (a veces por las vistas y otras por el aire congelado). 🤭🤭

Iberia, American Airlines y el arte de viajar «al límite»

Nuestra ruta por el este de Canadá tenía que arrancar aquí por una carambola del destino (y de las aerolíneas). Teníamos unos bonos de American Airlines de 300$ cada uno por el incidente que tuvimos en nuestro anterior viaje por EE.UU. (American Airlines nos dejó tirados) y, como caducaban, había que gastarlos sí o sí en sus rutas. Buscamos el vuelo más económico que cuadrara y ahí estaba: Nueva York. En ese momento todo era muy abstracto; sabíamos que queríamos subir hacia Canadá, pero el resto del plan… bueno, el resto ya lo iríamos viendo sobre la marcha.

Desde que compramos los vuelos fue un caos absoluto: nos cambiaban las escalas, nos movían los destinos, nos borraban trayectos… un auténtico drama de llamadas infinitas. Al ser un vuelo comprado con American pero operado por Iberia, ya os podéis imaginar lo que pasaba: todo el mundo se lavaba las manos y se pasaban la pelota de un lado a otro…

A la hora de hacer el check-in con Iberia, empezaron los problemas. Como los vuelos habían tenido tantos cambios previos, no aparecían correctamente en la web y fue imposible sacar las tarjetas de embarque en casa, así que nos tocó ir al mostrador.

El azafato que nos atendió en el aeropuerto de Vigo fue majísimo. No solo nos solucionó el lío del sistema, sino que nos puso los asientos juntos y nos mandó directos a la salida de emergencia sin pagar un euro más. Ya sabéis que la salida de emergencia es una súper responsabilidad porque “la vida de un avión entero depende de ti”, pero ir anchos en un vuelo transatlántico es la auténtica clase Business de «la gente de a pie». 😉

Al final, todo fue «sobre ruedas» y contra todo pronóstico, nuestras mochilas colaron «por los pelos» como equipaje de mano. Y es que, aunque nuestras mochilas están muy, pero que muy, pensadas y optimizadas para hacer grandes viajes con poco peso, sobrepasan un poco las dimensiones de las aerolíneas estándar. No es la primera vez que pasan el control, pero yo siempre llevo el susto en el cuerpo porque, como ya os he dicho alguna vez… ¡viajar low cost es vivir muy, pero que muy, al límite!


Yo, toda equipada esperando en la cola de embarque

Como buena comilona que soy, tengo que hacer mención a la comida de Iberia, porque me sorprendió muy gratamente: snacks y bebida ilimitada, además de helados Magnum y KitKat. En las comidas principales podíamos elegir entre pollo con arroz o pasta, acompañado de ensaladilla y… ¡atención! ¡unos piquitos de Utrera. El broche de oro fue el desayuno: ¡un bocadillo de jamón riquísimo! He de confesar que para estar a 30.000 pies de altura, sabía a gloria bendita. No sé si era el hambre, la emoción de lo que venía o que realmente Iberia se lo había currado, pero nos dio el último empujón de energía que necesitábamos para lo que venía a continuación: aterrizar en el caos de Nueva York.

Llegada y logística: ¿Cómo ir del JFK a Manhattan?

Aterrizamos en el JFK con mucho cansancio pero con mucha adrenalina y ganas de comenzar nuestro viaje. Tras salir del avión y pasar bastante rápido el control de inmigración (que siempre impone un poco, no nos vamos a engañar)… De repente ¡allí estábamos! ¡Segunda vez en los «IU ES EI»!

Aclarar que debido a nuevas normas del gobierno de los Estados Unidos, en la puerta de embarque del aeropuerto de Barajas ya nos hicieron una inspección extra. Tuvimos que enseñar los pasaportes para que los viesen con detalle en sus ordenadores y pasar un control más exhaustivo antes de poder ponernos en la cola para subir al avión.

Nada más cruzar la puerta del aeropuerto, pusimos rumbo al hotel. Esta vez, tras nuestra anterior experiencia viajando por la costa oeste en furgoneta y viendo el frío que hacía fuera, lo teníamos claro: queríamos comodidad. Buscábamos una ducha caliente de verdad y suficientes enchufes para cargar todas las baterías sin hacer malabarismos.

Reservamos en el Hampton Inn de Manhattan, (a través de Agoda), un hotel muy céntrico en Midtown y totalmente recomendable si buscas situación y buen servicio.

Para llegar desde el JFK, lo hicimos de la forma más práctica y económica:

  • Airtrain hasta Jamaica Station + Metro (Línea E): No tiene pérdida, solo hay que seguir las indicaciones por toda la terminal.
  • Precio: 11,50$. Lo mejor es que ya no hace falta pelearse con las máquinas de la MetroCard; ahora puedes pagar directamente con tu tarjeta contactless o el móvil en los tornos gracias al sistema OMNY.
  • Tiempo: En unos 50 minutos estás en pleno centro de Manhattan.

día 1: Manhattan

Como ya habíamos estado en Nueva York en otro viaje (y tengo pendiente contaros esa experiencia en un post aparte), esta vez decidimos no perder tiempo en el bullicio de Times Square y centrar nuestras energías en otras zonas.

Además, sabíamos que al final de nuestra ruta por Canadá volveríamos a tener dos días extra en Nueva York antes de volar a España, así que reservamos visitas como Central Park o Harlem para el final del viaje. En este arranque de ruta, el objetivo era claro: Brooklyn, Liberty Island y, sobre todo, empezar a aclimatarnos a este frío matador.

Ni tan mal, las vistas que teníamos desde el Hampton Inn…

Hudson Yards y Chelsea Market

Nada más llegar, hicimos una toma de contacto para entrar «en calor» (aunque fuera ironía pura). La temperatura todavía no era la más extrema que nos tocaría soportar en este viaje, pero ese primer contacto con los -10°C o -12°C de Nueva York fue bastante duro. Decidimos ir caminando hasta la zona de Hudson Yards para conocer The Vessel. Es una estructura impresionante y súper fotogénica, pero, no nos vamos a engañar, si no tienes un plan muy claro allí, te quedas un poco fuera de juego mientras se te congelan las ideas. Así que, tras las fotos de rigor, seguimos caminando hacia el sur buscando refugio.

The Vessel en Hudson Yards (Nueva York)

Hudson Yards

Tras un largo paseo, llegamos al Chelsea Market, que es una joya arquitectónica e histórica. ¿Sabíais que aquí estuvo la fábrica de Nabisco y es donde se inventó la galleta Oreo en 1912? Pasear por sus pasillos industriales es una pasada, aunque dentro la temperatura «sube a 200 grados» (o eso parecía con toda nuestra ropa térmica).

Para comer dentro del mercado, fuimos a Los Tacos No. 1. Pedimos unas pintas en la cervecería de al lado: Margarita’s. Aunque nos costó 12$ cada pinta, fue un disfrute total esa primera pinta neoyorquina acompañada de los tacos más famosos de todo Nueva York. El taco de adobada en tortilla de maíz es ESPECTACULAR. ¡Puro México!

Como somos de buen estómago, rematamos en Dickson’s Farmstand Meats, una carnicería auténtica en la planta de abajo. Pedimos el Jumbo Hot Dog (10$). Estaba bueno y la carne es de calidad top, pero yo creía que «jumbo» era algo enorme, y éste me pareció un tamaño normal tirando a discreto. Eso sí, puedes ponerle todos los toppings que quieras (previo pago).

Para cerrar el día, caminamos media hora hasta el hotel y nos tomamos la última birra en Scallywag’s, una cervecería irlandesa a la vuelta de la esquina. Había que descansar bien, que por la mañana tocaba madrugón para conocer el emblema estadounidense por excelencia: ¡La Estatua de la Libertad!


JUMBO HOT DOG – CHOPPED ONIONS (RAW) ($0.50), BACON ($2.50), COLESLAW ($1.50), B&B PICKLES ($1.50) – $16.50
+ Tasas + Propinas (que son obligatorias)

TEMA IMPORTANTE: Las propinas (tips)

En Estados Unidos las propinas no son algo opcional; es una norma social no escrita pero obligatoria.

Es fundamental entender que en Estados Unidos el sistema de propinas no es un «extra» por un buen servicio, sino una parte estructural del salario de los trabajadores. Aquí te explico por qué es tan importante y cómo funciona el «engranaje» detrás de la cuenta:

Lo que mucha gente desconoce es que, legalmente, los dueños de los restaurantes pueden pagar a sus empleados un sueldo base mucho menor al salario mínimo oficial (a veces tan solo 2$ o 3$ la hora).

Se asume por ley que el resto del salario hasta llegar al mínimo legal (o por encima) lo cubrirá el cliente con la propina. Si no dejas propina, ese trabajador literalmente está trabajando casi gratis para ti.

La propina que tú dejas en la mesa no siempre es solo para el camarero que te atendió. En la mayoría de sitios, ese dinero se reparte entre quién recoge y limpia la mesa, quien trae los platos desde la cocina, quien prepara las bebidas y quien te recibe en la puerta.

Si dejas un 0%, el camarero a veces tiene que poner dinero de su propio bolsillo para «pagar» la parte que le corresponde al resto del equipo según las ventas que ha hecho ese día. No dejarla se considera un insulto grave o una señal de que ha habido un problema catastrófico con el servicio. Si simplemente el servicio fue «normal», se espera el 18% o 20%.

Para que no te lleves sustos, cuando veas los precios en la carta, haz un cálculo mental rápido: Súmale un 30% (9% aprox. de impuestos, que nunca van incluidos en el precio del menú + 20% de propina)

En sitios de comida rápida o cafeterías, no es obligatorio dejar tanto; con un par de dólares en el bote es suficiente. Al pagar con tarjeta, la pantalla del datáfono te preguntará: 15%, 20%, 25% o No Tip. Aunque te miren con cara de esperar algo, si estás pidiendo en un mostrador y te vas a comer el taco en la calle, puedes dar a «No Tip» o «Custom» (y poner 1$) sin sentirte criminal.

Día 2: La Estatua de la Libertad a -10 grados

El segundo día empezó con un madrugón de los que hacen historia. Cogimos la Línea 1 del metro hasta South Ferry y fuimos directos a Battery Park (siguiendo las indicaciones) para conocer uno de los emblemas de Estados Unidos: la Estatua de la Libertad.



Para visitar la estatua se recomienda reservar los tickets con antelación, sobre todo si vas en temporada alta. Hay tres opciones:

  1. General Admission: Incluye el ferry y acceso a las islas (Liberty y Ellis), pero no entras a la estatua.
  2. Pedestal Reserve: Incluye el acceso al pedestal (la base de piedra).
  3. Crown Reserve: Te permite subir hasta la corona. Hay que reservar con muchísima antelación y son muchos escalones para una vista pequeña, pero si duda, un gran plan si tienes tiempo suficiente en la ciudad.

En nuestro caso, elegimos la entrada «Pedestal». Creo, que dado el tiempo limitado del que disponíamos, fue la opción más equilibrada para acercarnos a la estatua y a su vez disfrutar de la visita sin presiones.

Llegamos a las 8:15 y éramos los primeros visitantes. Con semejante temperatura, lo único que queríamos era entrar a la «sala de espera», pero el personal nos echó para atrás y nos tocó esperar como 45 minutos en una cola a -10 grados y a la sombra. ¡Una tortura! Una vez abren, pasas un control de seguridad tipo aeropuerto donde te hacen quitarte toda la ropa y enseres y pasarla por el escáner.

En el ferry, como buena friki-fotógrafa, casi muero. Para hacer fotos cómoda decidí quitarme un guante… yo, chica del sur, con el viento de cara en el río… ¡creí que me tenían que amputar las manos! 😂 Además, mis guantes «táctiles» funcionaban cuando querían, un martirio para grabar y hacer fotos a la vez.

Coger el ferry hacia Liberty Island es uno de esos momentos en los que te das cuenta de dónde estás. Aunque parezca la turistada máxima, tiene un contexto que impresiona cuando lo pisas. Desde la isla tienes la mejor perspectiva del skyline del Distrito Financiero. Es el sitio perfecto para entender la magnitud de Manhattan.

La estatua fue un regalo de Francia en 1886 para conmemorar el centenario de la independencia de EE. UU. Pero lo que más impresiona de pisar la isla es el contexto: era lo primero que veían los millones de inmigrantes que llegaban en barco buscando el «sueño americano».





¿Qué hacer en Liberty Island?

Al llegar, subimos directos al Pedestal para evitar a la masa. Como curiosidad técnica: la estructura interna la diseñó el mismísimo Gustave Eiffel (sí, el de la torre de París). Las texturas y colores de la estatua de cerca impresionan. Ese color verde tan icónico es producto de la reacción del cobre al sol, y ese contraste con el cielo azul es maravilloso. Recomiendo ir al museo que hay dentro del pedestal, es muy interesante para entender su construcción.

Tienes que tener en cuenta que no se puede subir con mochilas voluminosas. Hay unas taquillas para dejar las mochilas, pero solamente funcionan con monedas sueltas, así que no te olvides de llevar suelto.

A la vuelta, el ferry para en Ellis Island (Museo de la Inmigración). En esta isla, era donde se decidía el futuro de los inmigrantes: si podían o no entrar a Estados Unidos y vivir su sueño americano.

Nuestra idea era volver desde Liberty Island a Nueva Jersey para tener otra perspectiva del skyline, pero en invierno esa ruta estaba suspendida. Una pena, porque según cuentan, las vistas de Manhattan merecen muchísimo la pena desde allí. Como teníamos que hacer algunas gestiones por la tarde, decidimos continuar hasta Battery Park sin parar en Ellis Island, y ahorrar algo de tiempo.

Alternativa gratis: Si no quieres comprar la entrada a la isla, el Staten Island Ferry es gratuito, pasa muy cerca de la estatua y funciona las 24 horas. Ideal para la foto desde el agua sin gastar un dólar.


Outlet Century 21 y atardecer Puente de Brooklyn

Como os iba diciendo, por la tarde teníamos que hacer «unas gestiones»… Y es que nuestros planes cambiaron un poco porque a Brau se le rompió la cremallera de la chaqueta el primer día nada más poner un pie en América. Con el frío que hacía, comprar una nueva no era un capricho, era casi una urgencia médica. No somos muy de ir de compras en nuestros viajes, y no estamos muy puestos en tiendas ni marcas, pero como Nueva York es ciudad de compras y outlets, decidimos buscar uno por internet: Century 21. Por suerte, fue un éxito rotundo: cazamos una chaqueta técnica que marcaba 200$ por solo 80$. Así que, «hecha la puesta a punto», ¡podíamos continuar nuestros planes!

Con el equipo renovado y sin riesgo de hipotermia, nos fuimos a por el plato fuerte: cruzar el Puente de Brooklyn.

Como fotógrafa, os lo digo de verdad: el atardecer desde el lado de DUMBO (debajo del puente, en la zona de las antiguas naves industriales) o sobre las propias maderas del puente mientras los rascacielos del Distrito Financiero se van iluminando, es una de las fotos del viaje. Ver cómo el cielo cambia de color sobre el East River mientras el viento te corta la cara es una experiencia que te hace olvidar hasta los -12 grados.



Terminamos la tarde en una cervecería en Brooklyn, una mezcla entre galería de arte, bar de jazz y restaurante: «Superfine« se llamaba. Este local está ubicado en una antigua nave industrial reconvertida y, nada más entrar, nos envolvió su puntito bohemio. Era un espacio enorme, con techos altísimos, paredes de ladrillo visto y una mesa de billar azul que presidía el centro del local.

El ambiente nos pareció de lo más auténtico; de hecho, es un sitio gestionado por mujeres que llevan años apostando por los productos locales y la música en directo. ¿Sería ese el Brooklyn de verdad? ¿El que todavía resiste a la gentrificación? No llegamos a comer nada allí, pero los platos de patatas fritas que pedía la gente para acompañar la cerveza bien merecían una mención.

El cuerpo ya no nos daba para más; necesitábamos recuperar fuerzas y temperatura, así que rematamos el día cenando pizza de Outside Pizza en la cama del hotel. Fue el momento de gloria del día.

Nos fuimos prontito a dormir porque la aventura solo acababa de empezar. Al día siguiente dejábamos EE. UU. (de momento) para volar hacia Montreal. ¡Canadá allá vamos!


¿Quieres saber cómo nos fue cruzando la frontera y nuestra primera impresión de Montreal? ¡Te lo cuento en el próximo post!




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Anita Muñoz

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